Reflexiones del caminio

Adicción a conocer lugares


Cada kilómetro recorrido, cada persona nueva, cada árbol o simplemente cada línea dibujada en el asfalto me llenan de una alegría tan especial que hacen que de año en año, de escapada en escapada, añore casi dolorosamente las sensaciones que me produjeron los viajes anteriores.

Me viene un recuerdo de la ciudad de Lugo. Tantas caras, tantas personas a las que jamás he visto, tantos edificios nuevos para mí, tantas conversaciones aleatorias y, sin embargo... parece todo tan cotidiano y familiar que te hace plantearte de dónde eres en realidad. 

A veces me siento de dónde nací, otras... de donde me encuentro. Pero hay veces (y no son pocas) en las que lo entiendes: el mundo está a tus pies. Cuántas ciudades por ver, cuántas veces por sentir la maravillosa sensación de ver algo por primera vez, de respirar los aromas de una ciudad por vez primera y disfrutar de las sonrisas de cada persona extraña y a la vez tan familiar que pasea a tu alrededor, cuántos mapas por ver...cuántas ganas, cuántas ansias de viajar.
Entonces llega. Ese pensamiento que te hiela por dentro y que en el fondo sabes que tiene toda la razón, te viene ese pensamiento que tan profundo y extraño me parece: no somos nada. Y eso te da tanto miedo que a veces pierdes la ilusión por viajar. Eso, a última instancia, es lo que creo que le pasa a la gente que no viaja o a la que viaja y no siente lo mismo que yo. Miedo e inseguridad por no saber lo que pueden encontrar al sitio donde van. 

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